Bandera del Reyno Oriental del Uruguay

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jueves, 9 de junio de 2011

Desde el infierno a la Tierra

Lo que a continuación sigue es un artículo extraído de Crux et Gladius, donde se muestra una durísima carta que escribe una mujer que está en el infierno. Por favor, estimado lector, lea la siguiente carta con mucha atención y tenga en cuenta lo que allí dice. Por favor, no le haga caso omiso; es de extrema importancia para su salvación, que preste la debida atención:

"10/11/2009

Carta de un alma condenada.

Tomado de:

haga click en la imagen y unase a esta gran cruzada por las Benditas Almas.

A petición de Miki de Madrid España, re-publíco este artículo.

Gladius.

Frescos del infierno, iglesia de San Eusebio a Pelaggio (1) Este texto, fuerte y conmovedor, nos lo envia un Sacerdote Jesuita amigo, quien lo acompaña con la siguiente introducción:

Este material no es del gusto actual, de la sociedad moderna, por supuesto del gusto mundano, ni lamentablemente de muchos entre los llamados fieles cristianos. Debemos prestar atención hoy día a esta realidad y verdad de fe definida en la Iglesia Católica, acerca de la existencia del infierno y de su duración eterna. Tristemente, el abandono consciente o inconsciente de su consideración, está llevando a muchos a negar su existencia, con consecuencias más que lamentables en la conducta y en su ineludible juicio Divino. Lo que sigue, guste o no, no es argumento para adoptar la conocida actitud llamada del avestruz, de esconder la cabeza bajo las alas.

Este texto no configura ninguna definición eclesiástica, sino que es sólo un escrito privado que goza de licencia eclesiástica, para que pueda imprimirse y por tanto leerse.Frescos del infierno, iglesia de San Eusebio a Pelaggio (16)

Carta del más allá

Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo que la llevó al Infierno

Imprimatur del original alemán: Brief aus dem Jenseits - Treves, 9-11-1953.N.4/53

Introducción al texto original

Dios se comunica con los hombres de muchas maneras. Las Sagradas Escrituras se refieren a muchas comunicaciones divinas hechas a través de visiones y aún de sueños. Los sueños, no siempre son sólo sueños.

La "carta del más allá" que se transcribe seguidamente se refiere a la condenación eterna de una joven. A primera vista parece una historia novelada. Pero considerando las circunstancias se llega a la conclusión de que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su sentido moral y su alcance trascendental.

El original de esta carta fue encontrado entre los papeles de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada. Allí cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su compañera como si fueran hechos conocidos y verificados, así como su condenación eterna comunicada en un sueño. La Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su publicación como lectura sumamente instructiva.

La "carta del más allá" apareció por primera vez en un libro de revelaciones y profecías, junto con otras narraciones. Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina católica.

Entre los manuscritos dejados en su convento por una religiosa, que en el mundo se llamó Clara, se encontró el siguiente testimonio:

Frescos del infierno, iglesia de San Eusebio a Pelaggio (34)

El relato de Clara

Tuve una amiga, Anita. Es decir, éramos muy próximas por ser vecinas y compañeras de trabajo en la misma oficina M. Más tarde, Ani se casó y no volví a verla. Desde que nos conocimos, había entre nosotras, en el fondo, más amabilidad que propiamente amistad. Por eso, sentí muy poco su ausencia cuando, después de su casamiento, ella fue a vivir al barrio elegante de las villas, lejos del mío.

Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en septiembre de 1937, recibí una carta de mi madre en la que me decía: "Anita N murió en un accidente automovilístico. La sepultaron ayer en Wald Friendhof". Me impresioné mucho con la noticia. Sabía que mi amiga no había sido propiamente religiosa. ¿Estaría preparada para presentarse ante Dios? ¿En qué estado la habría encontrado su muerte súbita? Al día siguiente escuché misa, comulgué por la intención de Anita, en la casa del pensionado de las hermanas, donde estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno descanso, y por esta misma intención ofrecí la Santa Comunión.

Durante todo el día percibí un cierto malestar, que fue aumentando por la tarde. Dormí inquieta. Me desperté de improviso, escuchando algo así como una sacudida en la puerta del cuarto. Encendí la luz. El reloj indicaba las doce y diez minutos. Nada. Tampoco ruidos. Tan solo las olas del Lago de Garda golpeando monótonas contra el muro del jardín del pensionado. No había viento. Yo conservaba la impresión de que al despertar encontraría, además de los golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al que producía mi jefe de la oficina, cuando de mal humor tiraba sobre mi escritorio una carta que lo molestaba. Reflexioné un instante si debía levantarme. ¡No! Todo no es más que sugestión, me dije. Mi fantasía está sobresaltada por la noticia de la muerte. Me di vuelta en la cama, recé algunos Padrenuestros por las ánimas y me dormí de nuevo.

Soñé entonces que me levantaba de mañana, a las 6, yendo a la capilla. Al abrir la puerta del cuarto, me encontré con una cantidad de hojas de carta. Levantarlas, reconocer la letra de Anita y dar un grito, fue cosa de un segundo. Temblando, las sostuve en mis manos. Confieso que quedé tan aterrorizada que no pude rezar. Apenas respiraba. Nada mejor que huir de allí, salir al aire libre. Me arreglé rápidamente, puse la carta dentro de mi cartera y salí en seguida. Subí por el tortuoso camino, entre olivos, laureles y quintas de la villa, más allá del conocido camino gardesano.

La mañana aparecía radiante. En los días anteriores, yo me detenía cada cien pasos, maravillada por la vista que ofrecían el lago y la Isla de Garda. El suavísimo azul del agua me refrescaba; como una niña que mira admirada a su abuelo, así contemplaba, extasiada, al ceniciento monte Baldo, que se levanta en la orilla opuesta del lago, hasta los 2.200 metros de altura. Ese día no tenía ojos para todo eso. Después de caminar un cuarto de hora, me dejé caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos cipreses, donde la víspera había leído con placer "La doncella Teresa". Por primera vez veía en los cipreses el símbolo de la muerte, algo en lo que antes no había pensado.

Tomé la carta. No tenía firma. Sin la menor duda, estaba escrita por Ani. No faltaba la gran "s", ni la "t" francesa, a la que se había acostumbrado en la oficina, para irritar al Sr. G. No era su estilo. Por lo menos, no era así como hablaba de costumbre. Lo habitual en ella era la conversación amable, la risa, subrayada por los ojos azules y su graciosa nariz...Sólo cuando discutíamos asuntos religiosos se volvía mordaz y caía en el tono rudo de la carta. Yo misma me siento envuelta por su excitada cadencia. Hela aquí, la Carta del Más Allá de Anita N., palabra por palabra, tal como la leí en el sueño.Frescos del infierno, iglesia de San Eusebio a Pelaggio (4)

La Carta

CLARA, NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este aviso - es más, voy a hablarte largamente sobre esto - no creas que lo hago por amistad. Quienes estamos aquí ya no amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la obra "de esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el bien". En realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre. No te extrañes de mis intenciones. Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran "mal". Aún cuando pueda hacer algo "bien" (como yo lo hago ahora, abriéndote los ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.

¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M. Tenías 23 años y ya trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingresé. Varias veces me sacaste de apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí, principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es "bueno"? Yo ponderaba, en aquel entonces, tu "caridad". Ridículo... Tus ayudas eran pura ostentación, algo que desde entonces sospechaba.

Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie. Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas lagunas. De acuerdo con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido. Por un descuido se produjo la desgracia de mi concepción. Mis hermanas tenían 14 y 16 años cuando vine al mundo. ¡Ojalá no hubiera nacido! Ojalá pudiera ahora aniquilarme, huir de estos tormentos! No hay placer comparable al de acabar mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios. Pero es necesario que exista. Es preciso que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.

Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia. Era mejor así. Mantenían relaciones con personas desvinculadas de la religión. Se conocieron en un baile, y se vieron "obligados" a casarse seis meses después. En la ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a mamá a la misa dominical unas pocas veces al año. Ella nunca me enseñó verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala. Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas. Todo es tormento. Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte en una llama incandescente.

Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos una gracia. Cómo me atormenta esto! No comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies. Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes, atormentados y llenos de odio. ¿Entiendes? Aquí bebemos el odio como si fuera agua. Nos odiamos unos a otros. Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero que lo comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza. Esto los hace indescriptiblemente felices. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos enfurece. Los hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creación y por la Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a hacerlo.

El creyente - te lo digo furiosa - que contempla, meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz, terminará por amarlo. Pero el alma a la que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino odiarlo, como nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad. Lo odia eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.

¿Comprendes ahora por qué el infierno dura eternamente? Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina. Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, aún con nosotros. Digo "contra mi voluntad" porque, aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo que querría. Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos. Debo también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar. Dios fue misericordioso con nosotros porque no permitió que derramáramos sobre la tierra el mal que hubiéramos querido hacer. Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.

Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a El más de lo que estamos, en este remoto lugar infernal. Eso disminuye el tormento. Cada paso más cerca de Dios me causaría una aflicción mayor que la que te produciría un paso más rumbo a una hoguera.

Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre pocos días antes de mi comunión: "Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es más que una burla". Casi me avergüenzo de tu desagrado. Ahora me río. Lo único razonable de toda aquella comedia era que se permitiera comulgar a los niños a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces, bastante poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a un lado las cosas religiosas. No tomé en serio la comunión. La nueva costumbre de permitir a los niños que reciban su primera comunión a los 7 años nos produce furor. Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión. Es necesario que los niños hayan cometido algunos pecados mortales. La blanca Hostia será menos perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor, frutos del bautismo - escupo sobre todo esto - todavía están vivos en el corazón del niño.

¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la tierra? Vuelvo a mi padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas veces te lo dije, porque me avergonzaba. Qué cosa ridícula la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo. Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo hacía en el cuarto contiguo, donde podía volver a cualquier hora de la noche. Bebía mucho y se gastó nuestra fortuna. Mis hermanas estaban empleadas, decían que necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar. Durante el último año de su vida, papá la golpeó muchas veces, cuando ella no quería darle dinero. Conmigo, él siempre fue amable. Un día te conté un capricho del que quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de mí? Cuando devolví dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no era bastante moderna.

En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable. Hoy, sin embargo, debes saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu que me atormenta se acercó a mí. Yo dormía en el cuarto de mamá. Su respiración regular revelaba un sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar mi nombre. Una voz desconocida murmuró: "¿Qué ocurrirá si muere tu padre?"

Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre. En realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de gracia. No era ése mi caso. "Ciertamente, él no morirá", le respondí al misterioso interlocutor. Tras una breve pausa, escuché la misma pregunta. "El no va a morir!", repliqué con brusquedad.
Por tercera vez, me preguntaron: "Qué ocurrirá si muere tu padre?". Me representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia: "Bien, es lo que se merece. ¡Que muera!". Después, todo quedó en silencio.

A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el cuarto de papá, encontró la puerta cerrada. Al mediodía, la abrieron por la fuerza. Papá, semidesnudo, estaba muerto sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano, debió sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo que estaba enfermo. (¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtención de más tiempo y ocasión de convertirse?).

Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de jóvenes. Nunca te oculté que consideraba demasiado "parroquiales" las instrucciones de las dos directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante divertidos. Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante. Eso era lo que me gustaba. También me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar algunas veces a confesar y comulgar. Para decir la verdad, no tenía nada para confesar. Los pensamientos y las palabras no significaban nada para mí. Y para acciones más groseras todavía no estaba madura.

Un día me llamaste la atención: "Ana, si no rezas más, te perderás". Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad. Sin duda tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron, o rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso decisivo. Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado infaliblemente en sus manos.

Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto más de tanta rabia. Rezar es lo más fácil que se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación. Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello. Durante los últimos años de mi vida ya no rezaba más, privándome así de las gracias, sin las que nadie se puede salvar.

Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la recibiéramos, la rechazaríamos con escarnio. Todas las vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta otra vida. En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al pecado. Muchas veces caí por debilidad; pocas, por maldad. Con la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e inalterable. A medida que se avanza en edad, los cambios se hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada, antes del tránsito final, con los últimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta según las costumbres de toda su vida.

El hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza. Es ésta la que lo arrastra en el momento supremo. Así ocurrió conmigo. Viví años enteros apartada de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme más. Muchas veces me invitaste para que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer aumentar mis dudas interiores? Finalmente, tengo que dejar constancia de lo siguiente: al llegar a este punto crítico, poco antes de salir de la "Asociación de Jóvenes", me habría sido muy difícil cambiar de rumbo. Me sentía insegura y desdichada. Pero frente a la conversión se levantaba una muralla.

No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la solución era tan simple, que un día me dijiste: "Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo volverá a ser normal". Me daba cuenta que sería así. Pero el mundo, el demonio y la carne, me retenían demasiado firme entre sus garras. Nunca creí en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa poderosamente sobre las personas que están en las condiciones en que yo me encontraba entonces. Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco a poco.

Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están poseídos internamente por el demonio. El demonio no puede arrebatar el libre albedrío de los que se abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su casi total apostasía, Dios permite que el "maligno" se anide en ellos. Yo también odio al demonio. Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el principio de los tiempos. Son millones, vagando por la tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no los perciben. A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.

Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan aún más sus tormentos. Pero, ¡de qué no es capaz el odio! Aunque andaba por caminos tortuosos, Dios me buscaba. Yo preparaba el camino para la gracia, con actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una inclinación de mi temperamento. A veces, Dios me atraía a una Iglesia. Allí, sentía una cierta nostalgia. Cuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad, los atractivos de Dios actuaban poderosamente. Una vez fue en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía. Quedé tan impresionada, que estuve sólo a un paso de mi conversión. Lloraba. Pero, en seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un torrente sobre la gracia. Las espinas ahogaron el trigo. Con la explicación de que la religión es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también esta gracia, como todas las otras.

En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza. Pensaste que eso lo hacía por pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de creer en la presencia de Cristo en el Sacramento. Ahora creo, aunque sólo materialmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas señales y efectos se perciben. En este interín, me había fabricado mi propia religión. Me gustó la opinión generalizada en la oficina, de que después de la muerte el alma volvería a este mundo en otro ser, reencarnándose sucesivamente, sin llegar nunca al fin.

Frescos del infierno, iglesia de San Eusebio a Pelaggio (3)

Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del más allá. Imaginé haberlo hecho inofensivo. ¿Por qué no me recordaste la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, en la que el narrador, Cristo, envió después de la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo? Pero, ¿qué habrías conseguido? No mucho más de lo que conseguiste con todos tus otros discursos beatos. Poco a poco me fui fabricando un dios: con atributos suficientes para ser llamado así. Bastante lejos de mí, como para que no me obligara a tener relaciones con él. Suficientemente confuso, como para poder transformarlo a mi antojo. De este modo, sin cambiar de religión, yo podía imaginarlo como el dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como un dios solitario.

Este "dios" no tenía Cielo para premiarme, ni infierno para asustarme. Yo lo dejaba en paz. En esto consistía mi culto de adoración. Es fácil creer en lo que agrada. Con el transcurso de los años, estaba bastante persuadida de mi religión. Se vivía bien así, sin molestias. Sólo una cosa podría haber roto mi suficiencia: un dolor profundo y prolongado. Pero este sufrimiento no llegó. ¿Comprendes ahora el significado de "Dios castiga a aquellos que ama"? Durante un domingo de julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un paseo de A. Me gustaban las excursiones, pero no los discursos insípidos y demás beaterías. Otra imagen, muy diferente de la de Nuestra Señora de las Gracias de A., estaba desde hacía poco en el altar de mi corazón. Era el distinguido Max, del almacén de al lado. Ya habíamos conversado entretenidos, varias veces. Justamente ese domingo me invitó a pasear. La otra, con la que acostumbraba a salir, estaba enferma en el hospital.

El había comprendido que lo miraba mucho. Pero yo no pensaba en casarme todavía. Su posición económica era muy buena, pero también demasiado amable con todas las otras jovencitas. En aquel entonces yo quería un hombre que me perteneciera exclusivamente, como única mujer. Siempre conservé una cierta educación natural. (Eso es verdad. A pesar de su indiferencia religiosa, Ani tenía algo noble en su persona. Me desconcierta que también las personas "honestas" puedan caer en el infierno, si son deshonestas al huir del encuentro con Dios).

En ese paseo, Max me colmó de amabilidades. Nuestras conversaciones, es claro, no eran sobre la vida de los santos, como las de ustedes. Al día siguiente, en la oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la Asociación. Cuando te conté mi diversión del domingo, tu primera pregunta fue: "¿Escuchaste Misa?". Tonta! ¿Cómo podríamos ir a Misa si salimos a las 6 de la mañana? Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: "El buen Dios no es tan mezquino como lo son los curas". Ahora debo confesar que Dios, a pesar de su infinita bondad, considera todo con más seriedad que todos los sacerdotes juntos. Después de este primer paseo con Max, fui solamente una vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad. Algunas cosas me atraían. Pero en mi interior, ya me había separado de todas ustedes.

Los bailes, el cine, los paseos, continuaban. A veces peleábamos con Max, pero yo sabía cómo retenerlo. Odié mucho a mi rival que, al salir del hospital, se puso furiosa. En realidad, eso me favoreció. La calma distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en Max, que se inclinó definitivamente por mí. Conseguí encontrar la forma de denigrarla. Me expresaba con calma: por fuera, realidades objetivas, por dentro, vomitando hiel. Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al infierno. Son diabólicos, en el sentido estricto del término. ¿Por qué te cuento todo esto? Para explicarte que así me aparté definitivamente de Dios. En realidad, Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la familiaridad. Me daba cuenta que me rebajaría a sus ojos si le concedía toda la libertad antes de tiempo. Por eso, supe controlarme. Realmente, yo estaba siempre dispuesta para todo lo que consideraba útil. Tenía que conquistar a Max. Para eso, ningún precio era demasiado alto.

Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos teníamos valiosas cualidades que podíamos apreciar mutuamente. Yo era habilidosa, eficiente, de trato agradable. Retuve a Max con firmeza y conseguí, al menos durante los últimos meses antes del casamiento, ser la única que lo poseía. En eso consistió mi apostasía, en hacer mi dios con una criatura. En ninguna otra cosa puede realizarse más plenamente la apostasía como en el amor a una persona del otro sexo, cuando ese amor se ahoga en la materia. Esto es su encanto, su aguijón y su veneno. La "adoración" que tenía por Max se convirtió en mi religión. En ese tiempo, en la oficina, yo arremetía virulentamente contra los curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y demás estupideces.

Trataste de defender con una cierta inteligencia todo lo que yo atacada, aunque quizás sin sospechar que en realidad el problema no estaba en esas cosas. Lo que yo buscaba era un punto de apoyo. Todavía lo necesitaba para justificar racionalmente mi apostasía. Estaba sublevada contra Dios. No te dabas cuenta. Creías que todavía era católica. Por otra parte, yo quería ser llamada así; inclusive pagaba la contribución para el culto. Porque un cierto "reaseguro" nunca viene mal. Es posible que tus respuestas a veces dieran en el blanco. Pero no me alcanzaban, porque no te concedía razón. A raíz de estas relaciones sobre bases falsas, fue pequeño el dolor de nuestra separación, con motivo de mi casamiento.

Antes de casarme, me confesé y comulgué una vez más. Era una formalidad. Mi marido pensaba igual. Si era una formalidad, ¿por qué no cumplirla? Ustedes dicen que una comunión así es "indigna". Bien, después de esa comunión "indigna", logré un cierto sosiego en mi conciencia. Esa comunión fue la última. Nuestra vida conyugal transcurría, en general, en armonía. En casi todos los puntos teníamos la misma opinión. También en esto: no queríamos cargar con hijos. En realidad, mi marido quería tener uno, uno solo, naturalmente. Finalmente conseguí que él renunciara a ese deseo. Lo que más me gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las reuniones mundanas, los paseos en automóvil y otras distracciones. Fue un año de placer el que medió entre mi casamiento y mi muerte repentina.

Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos a los parientes de mi marido. Me avergonzaba de mi madre. Esos parientes se destacaban en la vida social, igual que nosotros. Pero en mi interior, sin embargo, nunca fui feliz. Había algo indeterminado que me corroía. Mi deseo era que, al llegar la muerte - la que sin duda demoraría mucho todavía - todo acabara. Ocurría tal como yo lo había escuchado de niña, durante una plática: Dios recompensa en este mundo toda obra buena que se haga. Si no puede premiarla en la otra vida, lo hace en la tierra. Inesperadamente, recibí una herencia de la tía Lote. Mi marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente aumentados. Así pude instalar, confortablemente, una casa nueva.

Mi religión estaba muriendo, como un resplandor crepuscular en un firmamento lejano. Los bares de la ciudad, los hoteles y los restaurantes por los que pasábamos en nuestros viajes, no nos acercaban a Dios. Todos los que los frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro, no de dentro hacia afuera. Si durante los viajes de vacaciones visitábamos una célebre catedral, tratábamos de divertirnos con el valor artístico de sus obras primas. Los sentimientos religiosos que irradiaban - especialmente las iglesias medievales - yo los neutralizaba criticando circunstancias accesorias de un hermano lego que nos guiaba, criticaba su negligencia en el aseo, criticaba el comercio de los piadosos monjes que fabricaban y vendían licor, criticaba el eterno repique de campanas llamando a los sagrados oficios, diciendo que el único fin era ganar dinero...

Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que me llamaba. Especialmente descargaba mi mal humor frente a algunas pinturas de la Edad Media representando al Infierno en libros, cementerios y otros lugares. Allí el demonio asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo, mientras sus compañeros, con largas colas, le traen más víctimas. Clara, el infierno puede ser dibujado, pero nunca exagerado! Siempre me burlaba del fuego del infierno. Acuérdate de una conversación durante la cual te puse un fósforo encendido bajo la nariz, preguntándote: "¿Así huele?"

Apagaste en seguida la llama. Aquí nadie consigue hacerlo. Te digo más: el fuego del que habla la Biblia no es el tormento de la consciencia. Fuego es fuego! Debe ser interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo: "Apartáos de mí, malditos, id al fuego eterno". Al pie de la letra! ¿Y cómo puede ser tocado un espíritu por el fuego material? Preguntarás. ¿Y cómo puede sufrir tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama? Tampoco tu alma se quema, mientras tanto el dolor lo sufre todo el individuo. Del mismo modo, nosotros estamos aquí espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de nuestras facultades. Nuestra alma carece de la agilidad que le sería natural; no podemos pensar ni querer lo que querríamos.

No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir. Nuestro mayor tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios. ¿Cómo puede atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el filo, pero no lo sientes. Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor. Ahora, sentimos la pérdida de Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.

No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la criatura de que abusó. Los católicos que se condenan sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores gracias. Los que tuvieron mayores conocimientos sufren más duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por maldad sufre más que el que cayó por debilidad. Pero ninguno sufre más de lo que mereció. Oh, si esto no fuera verdad, tendría un motivo para odiar!

Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habría sido revelado a una santa. Yo me reía, mientras me atrincheraba en esta reflexión: "siendo así, siempre tendré tiempos suficiente para volver atrás". Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es verdad, no conocía al infierno tal como es. Ningún ser humano lo conoce. Pero estaba perfectamente enterada de algo: "Si mueres, me decía, entrarás en la eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habrá que aguantar las consecuencias". Como te dije, no volví atrás. Perseveré en la misma dirección, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres actúan cuanto más envejecen.

Mi muerte ocurrió así: Hace una semana - digo según las cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis dolores, podría estar ardiendo en el infierno desde hace diez años - mi marido y yo salimos en otra excursión dominguera, que fue la última para mí. El día estaba radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces. Sin embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro. Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido contrario, a gran velocidad. Max perdió el control del vehículo. Jesús! Se escapó de mis labios, no como oración sino como grito. Sentí un dolor aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el sentido.

¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación, había surgido en mi mente este pensamiento. "Por una vez, podrías ir a Misa". Era como una súplica. Un "¡no!" claro y decidido cortó el curso de la idea. "Con esas cosas tengo que terminar definitivamente". Es decir, asumí todas las consecuencias. Ahora las soporto.

Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos todos los que estamos aquí. Del resto de lo que ocurre en el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives. Desperté de improviso en el momento de mi muerte. Me encontré inundada por una luz ofuscante. Era el mismo sitio donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro, cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena trágicamente iluminada. La escena de mi vida. Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma. Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud hasta el último "no" frente a Dios.

Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal para ver a la víctima exánime. ¿Arrepentirme? ¡Nunca! ¿Avergonzarme? ¡Jamás!

Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de Dios, a quien rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga. Así como Caín huyó del cadáver de Abel, así mi alma se proyectó lejos de esta visión de horror.

Este era el Juicio particular.

Habló el invisible juez: "APÁRTATE DE MI". De inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se despeñó al lugar del eterno tormento.Frescos del infierno, iglesia de San Eusebio a Pelaggio (25)

Epílogo de Clara:

Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las últimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras. Cuando terminé de leer la última línea, la carta se convirtió en cenizas. ¿Qué es lo que escucho? En medio de los duros términos de las palabras que imaginaba haber leído, resonó el dulce tañido de una campana. Me desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto. La luz matinal entraba por la ventana. Las campanadas de las Avemarías llegaban de la iglesia parroquial. ¿Todo había sido un sueño?

Nunca había sentido antes en el Angelus tanto consuelo como después de ese sueño. Lentamente, fui rezando las oraciones. Entonces comprendí: la bendita Madre del Señor quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no quieres tener el destino que te contó - aunque fuera en sueños - un alma que jamás verá a Dios. Temblando todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí con prisa y huí a la capilla de la casa. Mi corazón palpitaba con violencia. Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación. Quizás pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.

Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada, pequeña como una niña, miope, aún fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetración espiritual, me dijo por la tarde en el jardín: "Señorita, Nuestro Señor no quiere ser servido con excitación". Pero ella advertía que otra cosa me había excitado y aún me preocupaba. Agregó, bondadosamente: "Nada te turbe - conoces el aviso de Santa Teresa - nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta". Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma.

"Sólo Dios basta". Sí, El ha de bastarme, en éste o en el otro mundo. Quiero poseerlo allí un día, por más sacrificios que tenga que hacer aquí para vencer. No quiero caer en el infierno.Frescos del infierno, iglesia de San Eusebio a Pelaggio (40)

Algunas consideraciones finales

Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta: ¿Cómo puede haber recordado Clara con tal precisión todas las palabras de la carta de la condenada? Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien comienza una obra, puede también concluirla. Si la manifestación de ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido también una asistencia preternatural para escribir con exactitud todas las palabras leídas durante la visión.

La eternidad de las penas del infierno es un dogma. Seguramente, el más terrible de todos. Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras. Ver San Mateo XXV, 41 y 46; II a los Tesalonicenses, 1, 9; Judith XIII; Apocalipsis XIV, 11 y XX, 10; todos estos textos son irrefutables, en los que la expresión "eterno" no puede interpretarse como "largo o prolongado". De la conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Allí se encuentra una descripción del infierno y del peligro de caer en él. No es otra la intención de este trabajo. Expresa también nuestra finalidad el siguiente consejo: "Vayamos al infierno mientras estemos vivos, para no caer allí después de la muerte"."

CON ESTO QUEDA DEMOSTRADO QUE EL INFIERNO EXISTE.

sábado, 7 de mayo de 2011

¡Habemus videus!

EnlaceFuente de la foto: http://uruguayosenelextranjero.blogspot.com/2011/05/foto-del-presunto-video-de-militares.html
A continuación noticia sacada del diario "El País", de fecha viernes 6 de mayo de 2011:

"Video: el juez volverá a citar al presidente Mujica

Investigación. Magistrado tuvo ayer acceso a la grabación.

El juez especializado en crimen organizado Jorge Díaz recibió anoche el video de supuesto origen militar con amenazas hacia integrantes del Poder Judicial. El magistrado empezó a analizar la filmación y volverá a citar al presidente José Mujica.

A última hora de la tarde de ayer, el juez Díaz y la fiscal Mónica Ferrero interrogaron al abogado Gustavo Salle, quien les aportó una copia del video donde tres hombres encapuchados y con uniforme militar, dan a conocer una proclama del denominado "Ejército Nacional Libertador", que contiene amenazas y cuestionamientos hacia jueces y fiscales por su actuación en casos de violaciones a los derechos humanos.

Salle, un abogado vinculado a la izquierda radical, dijo que recibió un disco compacto con el video en su estudio jurídico de forma anónima. Sin embargo, no entregó ese CD en el juzgado, sino que aportó una copia que él hizo.

La investigación judicial por el contenido del video se inició a pedido de la fiscal Ferrero, luego de que el pasado 10 de marzo el semanario Búsqueda divulgara una transcripción de su contenido.Pero, hasta el momento, el juez y la representante del Ministerio Público no habían tenido acceso al material fílmico, que ayer observaron con detenimiento junto a Salle. "Por la avidez con la que el juez vio las imágenes, tengo la percepción de que no lo tenían", dijo Salle a un grupo de periodistas antes de retirarse del juzgado

El video, de ocho minutos de duración, fue observado por Díaz, quien prestó especial atención a algunos detalles que se ven en las tomas, como por ejemplo, un sable y la disposición de las banderas que se aprecian en la grabación.

La fiscal consultó a Salle respecto a si, según su percepción, podría tratarse de un grupo organizado, cosa a la que respondió que no tiene elementos para llegar a una conclusión definitiva sobre el punto, según explicó a los periodistas.

CITACIÓN. El juez Díaz y la fiscal Ferrero prevén volver a interrogar al presidente José Mujica, la única persona del gobierno que había admitido públicamente haber visto el video.

Fuentes judiciales dijeron que "muy probablemente" el magistrado decida volver a tomar declaración al presidente con el objetivo de corroborar si las imágenes que él vio son las mismas que aportó Salle.

Mujica declaró ante el juez y la fiscal el pasado 25 de marzo, en la residencia presidencial de Suárez y Reyes. El presidente había dicho públicamente que tuvo acceso al video, pero luego aclaró que solo vio imágenes en una computadora.

En su declaración, Mujica no reveló al juez Díaz quién le exhibió las imágenes que vio. Sin embargo, al ser interpelados en el Senado por este tema el pasado 26 de abril, los ministros Luis Rosadilla (Defensa) y Eduardo Bonomi (Interior) dijeron a los legisladores que Mujica sí le había informado al juez quién le había entregado las imágenes.

Anoche, luego de interrogar a Salle, el juez Díaz y la fiscal Ferrero se reunieron con el titular de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia, Enrique Colman, con quien volvieron a ver la grabación.

La investigación judicial y policial se está realizando bajo la hipótesis del delito de "terrorismo", previsto en la ley de Prevención de Lavado de Activos y Financiación del Terrorismo, vigente desde 2004.

La norma castiga a personas o grupos que quieran "intimidar a una población u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar un acto o abstenerse de hacerlo".

"Gobierno ya tenía el video"

El abogado Gustavo Salle, que ayer le aportó a la Justicia una copia del polémico video con amenazas, realizó una conferencia de prensa

en su estudio jurídico donde aseguró que, según su visión, todo el gobierno conoce la grabación. "Operadores oficiales tienen hace tiempo el video y sin embargo, no hicieron la denuncia", dijo Salle, aunque aclaró que no tiene elementos que prueben tal situación. El abogado indicó ayer que no brindará copia de la grabación a los medios de prensa por su "seguridad personal", porque podría estar ayudando a difundir "un material con apariencia delictiva".

Dudan que sea de origen militar

A nivel judicial y policial quedan muchas dudas respecto a que el video sea de origen militar, y eso se corroboró ayer al ver, por primera vez, la grabación. Según fuentes del caso, a los investigadores les llamó la atención la forma en la que están ubicadas las banderas patrias (el Pabellón Nacional y las banderas de los 33 Orientales y la de Artigas) ya que según información recolectada por el juez Jorge Díaz y la fiscal Mónica Ferrero, se trata de símbolos que por su relevancia en el ámbito castrense, llevan una especial atención y también cuentan con un protocolo para ubicar a cada una. Que el Pabellón Nacional aparezca tendido sobre una mesa, a modo de mantel, es uno de los elementos chocantes. Al respecto, el abogado Gustavo Salle explicó que no posee información concreta, pero según le han indicado "parecería que en el protocolo castrense no sería el orden de las banderas". La misma visión han expresado varios militares retirados."

Para ver el verdadero video de los militares uruguayos terroristas, haga clic aquí.
Conclusión: Ahora los zurdos recién HICIERON el video, antes no lo tenían hecho y por eso yo Madaboute expreso tajantemente: ¡HABEMUS VIDEUS!
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P.S.: Aquí otra versión del video (un poquito más larga).

jueves, 31 de marzo de 2011

Ante la inminente beatificación de Juan Pablo II: reservas

Lunes 28 de marzo de 2011

RESERVAS ANTE LA INMINENTE BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II.

Sacado de: Apostolado Eucarístico.


Artículo aparecido en la revista The Remnant. Léase el original aquí.

EN LA FIESTA DE SAN BENITO

La beatificación inminente del Papa Juan Pablo II el 01 de mayo 2011 ha suscitado gran preocupación entre los no pocos católicos de todo el mundo, que están preocupados por el estado de la Iglesia y los escándalos que la han afectado en los últimos años- escándalos que llevaron al futuro Benedicto XVI a exclamar el Viernes Santo de 2005: “¡¿Cuánta suciedad hay en la Iglesia, incluso entre aquellos que, en el sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él”. Expresamos en este medio nuestra propia preocupación de acuerdo con la ley de la Iglesia, que dispone lo siguiente: Según los conocimientos, competencia y posición de que gozan, los fieles tienen el derecho e incluso a veces el deber de manifestar a los Pastores su opinión sobre cuestiones que pertenecen al bien de la Iglesia, y también tienen derecho a hacer conocer su opinión a los demás fieles cristianos , con el debido respeto a la integridad de la fe y la moral y a la reverencia hacia sus pastores, y con la consideración por el bien común y la dignidad de las personas. CIC [(1983), Can. 212, § 3.] Estamos obligados en conciencia a procurar el bien común de la Iglesia expresando nuestras reservas sobre esta beatificación. Lo hacemos por los siguientes motivos, entre otros que podríamos poner de manifiesto.

LA VERDADERA CUESTIÓN

Destacamos en primer lugar que no presentamos estas consideraciones como alegación contra de la piedad personal o integridad de Juan Pablo II, que debe presumirse. La cuestión no es la piedad personal o la integridad como tal , sino más bien si hay base, objetivamente hablando, para afirmar que Juan Pablo II mostró virtud heroica en el ejercicio de su alto cargo como Papa tal como debería resplandecer con santidad ejemplar para todos sus sucesores. La Iglesia siempre ha reconocido que la virtud heroica que se requiere en una beatificación está inextricablemente ligada a la heroicidad con que el candidato haya desempeñado los deberes de estado en su vida . Como el Papa Benedicto XIV (1675-1758) explicó en su magisterio sobre las beatificaciones, la práctica heroica del deber implica actos que por muy difíciles y “por encima de la capacidad del hombre corriente” que sean, se llevan a cabo con prontitud y facilidad, “con una santa alegría” y “con bastante frecuencia”, “cuando la ocasión de hacerlo se presenta.” [Cfr.. servorum Dei De beatificatione, Bk. III, cap. 21 en Reginald Garrigou-Lagrange , Las tres edades de la vida interior , vol. 2, p. 443]. Supongamos que un padre de familia numerosa fuera candidato a la beatificación. Difícilmente se podría esperar que su causa avanzara si se diera el caso de que, por más piadoso que fuera, fracasara en cuanto a exigir disciplina y al impartir una formación adecuada a sus hijos, quienes habitualmente le desobedecían viviendo desordenadamente en el hogar, incluso abiertamente opuestos a las obligaciones de la religión, o si, ocupado en sus oraciones y ejercicios espirituales, se olvidara de proporcionar el sustento diligente de su familia permitiendo que su familia cayera en el caos. Cuando el candidato a la beatificación es un Papa -el Santo Padre de la Iglesia universal-la cuestión no es simplemente su personal piedad y santidad, sino también el cuidado de la gran familia de la fe que Dios le ha confiado, para lo cual le ha otorgado gracias de estado- como Papa- extraordinarias. Esta es la verdadera pregunta: ¿Juan Pablo II ha desempeñado heroicamente sus funciones como Sumo Pontífice como lo hicieron sus santos predecesores: oponiéndose al error, defendiendo al rebaño con prontitud y valor de la manada de lobos rapaces que lo dispersan, y protegiendo la integridad de la doctrina de la Iglesia y el culto sagrado? Tememos que en las circunstancias que rodean esta “vía rápida” de beatificación, la verdadera cuestión no ha recibido la consideración cuidadosa y sin prisas que se merece.



INDEBIDA PRESIÓN POPULAR

Nos preocupa entre otras cosas la indecorosa presión de la “demanda popular” de esta beatificación como se evidencia por el lema “Santo Súbito” – “¡Santo ya!” Precisamente para evitar la influencia del sentimiento popular efímero, y permitir la perspectiva de un juicio histórico sobrio, la ley de la Iglesia sabiamente establece un período de cinco años de espera antes de que comience un proceso de beatificación. Sin embargo, en este caso, se ha prescindido de dicho plazo de prudente espera. Así, un proceso que apenas se ha iniciado, ahora ya está casi en su final, como si se fuera a dar satisfacción inmediata a la voluntad popular, aun cuando no fuera esa la intención. Somos conscientes del papel de la aclamación popular, incluso en la canonización de los santos, en casos excepcionales. El papa San Gregorio Magno, por ejemplo, fue canonizado por aclamación popular casi inmediatamente después de su muerte. Pero ese Romano Pontífice, de importancia excepcional, era nada menos que el constructor de la civilización cristiana, por medio de la cual se establecieron los fundamentos espirituales y organizativos de la Iglesia y de la cristiandad, que perduraron a través de los siglos. Del mismo modo, el Papa San Nicolás I, el último de los Papas que la Iglesia ha denominado “Grandes”, fue fundamental en la reforma de la Iglesia durante la gran crisis de fe y disciplina, que afectó sobre todo a la alta jerarquía, a cuyos miembros corruptos se opuso sin temor, y está considerado como un verdadero salvador de la civilización cristiana en un momento en que su supervivencia estaba en duda. Además, la aclamación popular de los beatos y los santos pertenece a un momento histórico en que el pueblo era mayoritariamente fiel y sumiso a la Iglesia. Debemos preguntarnos: ¿Qué valor tiene la demanda popular de esta beatificación en una época en que la gran mayoría de los católicos lo son simplemente nominalmente y llegan a rechazar cualquier doctrina de la fe y la moral que consideren inaceptable, sobre todo, la enseñanza infalible del Magisterio sobre el matrimonio y la procreación?


UNA HERENCIA PREOCUPANTE

Con toda franqueza nos vemos obligados a observar a modo de comparación que, visto el estado en que dejó a la Iglesia, el pontificado de Juan Pablo II, objetivamente, no justifica la beatificación por aclamación popular, y mucho menos la canonización inmediata que pedía la multitud. Una evaluación honesta de los hechos obliga a la conclusión de que el pontificado de Juan Pablo II se caracterizó, no por la renovación y restauración que se vio durante los pontificados de sus eminentes predecesores, sino más bien, como lo calificó el Cardenal Ratzinger con la conocida frase [cf. L'Osservatore Romano , 9 de noviembre de 1984], por” una aceleración del ‘ proceso continuo de deterioro’ sobre todo en los países occidentales de tradición cristiana de Europa, las Américas y el Pacífico”. Esta realidad objetiva es más evidente cuando se tiene en cuenta que el difunto Papa, muy cerca del final de su pontificado, lamentó la “apostasía silenciosa” de la antaño Europa cristiana. [Cf. Ecclesia in Europa (2003), n. 9.]. Por otra parte, su sucesor, desde entonces ha venido denunciando públicamente el “proceso de secularización” que “ha producido una grave crisis del sentido de la fe cristiana y de pertenencia a la Iglesia.” Por todo lo cual, el Papa Benedicto XVI anunció la creación de un nuevo pontificio consejo cuya tarea específica será “ promover una renovada evangelización en los países donde el anuncio de la fe ya se oyó… pero que ahora padece una progresiva secularización de la sociedad y una especie de «eclipse del sentido de Dios” [cf. Vísperas Homilía, 28 de junio de 2010]. La penetración de la ‘apostasía silenciosa ‘ en el elemento humano de la propia Iglesia” resulta cada vez más evidente a partir del Concilio Vaticano II. Antes del Concilio, el mundo entero estaba en decadencia precipitada, como Papa tras Papa habían advertido, pero dentro de la comunidad de la Iglesia la fe era todavía fuerte, la liturgia estaba intacta, las vocaciones eran abundantes, y las familias eran numerosas, hasta la “ apertura al mundo ” preconizada por el Concilio. Parte del diagnóstico de la aparición repentina de la crisis eclesial posconciliar sin precedentes fue propuesta por el actual Romano Pontífice, cuando escribió como Cardenal en la mitad de los 27 años de largo pontificado de su predecesor: “ Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que nos encontramos hoy depende en gran parte de la decadencia de la liturgia … ” [ La Mia Vita (1997), p. 113: "Sono convinto che la crisi ecclesiale en cui oggi ci troviamo dipende en Gran instancia de parte dal crollo della Liturgia ..."] No hace falta demostrar que un “colapso de la liturgia” es algo que la Iglesia absolutamente nunca había presenciado antes del Concilio Vaticano II, y llegó por las “ reformas ” emprendidas en su nombre. Sólo quince años después del Concilio, durante el segundo año de su pontificado, Juan Pablo II pidió públicamente perdón por “la pérdida repentina y dramática de la fe y reverencias eucarísticas desde de la “reforma litúrgica”, aprobado por Pablo VI: “Me gustaría pedir perdón en nombre propio y en nombre de todos vosotros, queridos y venerados hermanos en el Episcopado-por todo lo que, por cualquier motivo, como consecuencia de debilidades humanas, impaciencias, o negligencias, y también por la errónea aplicación, a veces parcial o con prejuicios, de las directivas del Concilio Vaticano Segundo, puede haber causado escándalo y perturbación sobre la interpretación de la doctrina y la veneración de este gran sacramento . Y le pido al Señor Jesús que en el futuro podamos evitar en nuestra manera de afrontar este misterio sagrado, el que nada pueda debilitar o desorientar en cualquier manera el sentido de reverencia y amor que existe en nuestro pueblo fiel.” [ Dominicae Cenae (1980), n. 12] Pero esta sorprendente petición de perdón de Juan Pablo II nunca fue seguida por una acción decisiva para detener la decadencia continua de la liturgia en los siguientes veinticinco años de su reinado. Muy por el contrario, en 1988, en el veinticinco aniversario, de la Sacrosanctum Concilium , el Papa elogió las “ reformas como el fruto más visible de todo el trabajo del Concilio”, señalando que para “muchas personas el mensaje del Concilio Vaticano II ha sido percibido ante todo mediante la reforma litúrgica. En cuanto a la evidente caída libre de la liturgia, sin embargo, el Papa se limitó a notar los diversos abusos que se producen “en ocasiones “, al tiempo que insiste no obstante, en que “la gran mayoría de los pastores y el pueblo cristiano han aceptado la reforma litúrgica, con un espíritu de la obediencia y gozoso fervor. “[ Vicesimus Quinto Anu s (1988), n. 12.] Sin embargo hoy en día, la mayoría del pueblo cristiano ni siquiera cree en la presencia real de Cristo en la Sagrada Eucaristía, que reciben en la mano de las manos no consagradas de los ministros laicos, como si se tratara de una simple oblea de pan, que es exactamente como lo tratan. Por otra parte, observando una obediencia selectiva casi universal al Magisterio, la práctica de la anticoncepción se ha generalizado entre los católicos, cuyo punto de vista sobre la anticoncepción no es muy distinto al de los protestantes, según innumerables encuestas. Esto también se evidencia por la caída en picada de la bajísima tasa de natalidad de las poblaciones católicas del mundo occidental, en el que ni siquiera existe una natalidad suficiente para el reemplazo demográfico. Por eso el mismo Juan Pablo señaló el “temor generalizado de dar vida a nuevos niños” en medio de la “apostasía silenciosa” como denunció en Ecclesia in Europa. De hecho, no puede negarse que la mayor tasa de nacimientos en el mundo católico se ve entre “tradicionalistas” que no toman parte en la liturgia reformada o que, no habiendo otra alternativa, la sufren comoquiera, menos con “gozoso fervor”. Por otra parte, es evidente que Juan Pablo II contribuyó a la caída litúrgica por sus propios actos. Por primera vez en su historia la Iglesia fue testigo durante su pontificado de la novedad escandalosa de las “monaguillas “, sobre la que el Papa revocó su decisión previa con la prohibición de la innovación como incompatible con la tradición bimilenaria de la Iglesia. También sucedieron las “inculturadas” liturgias papales que incluían música de rock y elementos francamente paganos, tales como espectáculos impactantes como la mujer de pechos desnudos leyendo las lecturas bíblicas en Nueva Guinea, danzantes aztecas con plumas, girando y agitando sonajas en un “ rito de purificación “ en México y la “ ceremonia fumando” como sustitución de los prescritos ritos penitenciales en Australia. La excusa de que el Papa no sabía nada de estas aberraciones litúrgicas de antemano es desmentida como algo de su propia elección al mantener al autor y orquestador de todo ello: Piero Marini, quien se desempeñó como Maestro de ceremonias de las celebraciones de la Liturgia Pontifical de Juan Pablo por casi veinte años, pese a las protestas en todo el mundo en contra de los abusos realmente grotescos de la liturgia romana. Marini fue finalmente, gracias a Dios, sustituido por el Papa Benedicto XVI en 2007. La honradez obliga admitir que si los grandes papas preconciliares hubieran sido testigos de estas liturgias papales de Juan Pablo II, o incluso el estado general del Rito Romano a lo largo de su pontificado, habrían reaccionado con una mezcla de indignación e incredulidad aterrorizada. Pero no sólo la liturgia estaba en un estado de colapso a finales del último pontificado. Como señalamos al principio de esta Declaración, el Viernes Santo de 2005, justo antes de subir a la silla de san Pedro, el Cardenal Ratzinger dijo: “¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia, incluso entre aquellos que, en el sacerdocio, deberían estar completamente entregados a El ¡ “[cf. "Homilía para la misa del Viernes Santo", 2005]. La “suciedad” a la que el Cardenal se refería era por supuesto el increíble número de escándalos sexuales que involucraban actos atroces por parte de sacerdotes católicos que saltaban a la luz pública en las naciones de todo el mundo- cosecha de décadas de “renovación conciliar” en los seminarios.



En lugar de sancionar a los obispos que fomentaron esta suciedad en sus seminarios, que la encubrieron trasladando a los depredadores sexuales de un lugar a otro, causando luego la quiebra de sus diócesis mediante el pago de las condenas civiles, Juan Pablo II, fue siempre refugio seguro para muchos de los prelados más notoriamente negligentes. Tal vez, el ejemplo más notable es el cardenal Bernard Law (ver foto). Obligado a declarar ante un gran jurado sobre su negligencia al no hacer frente a la depredación homosexual desenfrenada de jóvenes por parte de sacerdotes en la Arquidiócesis de Boston, que resultó en $ 100 millones en los pagos a más de 500 víctimas, el “castigo” del Papa, después de su renuncia como arzobispo, fue el llevarlo a Roma y premiarlo con una de las cuatro basílicas patriarcales de la ciudad para que la presidiera como Arcipreste. ¿Y lo del arzobispo Weakland, conocido disidente teológico que admitió en una declaración que él deliberadamente hizo regresar a depredadores homosexuales a la Arquidiócesis de Milwaukee al ministerio sacerdotal activo sin previo aviso a los feligreses y sin notificar a la policía sus delitos? Después de haber llevado a la Arquidiócesis a la bancarrota a causa de los procesos civiles resultantes, Weakland puso fin a su larga carrera socavando la integridad de la fe y la moral – mediante una publicidad servil-sólo después de conocerse la sustración hecha por él mismo de $ 450,000 de los fondos de la arquidiócesis para pagar a un hombre con quien había tenido una relación homosexual. Juan Pablo II permitió a este obispo- lobo rapaz- que se retirara con la plena dignidad de su alto cargo en la Iglesia, después de que una editorial protestante, publicara sus memorias: “Un peregrino en una Iglesia Peregrina. Memorias de un arzobispo católico” Un recesionista admirador escribió que el libro “ retrata a un hombre imbuido de los valores del Concilio Vaticano II [que] tuvo el coraje de llevar adelante tanto como abad primado benedictino como siendo arzobispo de Milwauk”.

La “suciedad” que afectó a la Iglesia durante el último pontificado incluye la larga historia de depredación sexual por el padre Marcial Maciel Degollado (bendecido por el Papa Juan Pablo II en la foto de la izquierda), fundador de los “Legionarios de Cristo,” supuestamente el ejemplo mismo de la “renovación en acción”. Juan Pablo II se negó a iniciar cualquier investigación sobre la conducta de Maciel, a pesar de la creciente evidencia de crímenes abominables que, gracias a la publicidad en todo el mundo, son ahora los más famosos jamás cometidos por un clérigo católico. Sin haber atendido a los cargos canónicos- ampliamente conocidos- contra Maciel presentados durante largo tiempo por ocho de los seminaristas Legionarios de Cristo de los que había abusado sexualmente, Juan Pablo generosamente lo honró en una ceremonia pública en el Vaticano en noviembre de 2004. Días más tarde, sin embargo, el entonces Cardenal Ratzinger “tomó a su cargo el autorizar una investigación de Maciel” [Jason Berry, " el dinero allanó el camino para la influencia de Maciel en el Vaticano, " National Catholic Reporter , 6 de abril de 2010]. Juan Pablo tuvo que morir literalmente antes de que Maciel pudiera ser sancionado. Maciel fue retirado finalmente del ministerio activo y fue recluido en un monasterio casi inmediatamente después de que el cardenal Ratzinger se convirtiera en el Papa Benedicto XVI. Pero esto era sólo parte de un patrón descrito por un destacado comentarista católico: “Juan Pablo volaba a gran altura y dejó los escándalos que se extendían bajo sus pies al poco carismático Ratzinger para que los limpiara . Este patrón se aplica de lleno a otras cuestiones que el último Papa trató de evitar, como el envilecimiento de la liturgia católica, o el resurgimiento del Islam en la otrora Europa cristiana”. [Ross Douthat," El Papa mejora, " New York Times , abril de 11, 2010]. Otra razón para tener reservas en relación a esta beatificación es que a lo largo del largo pontificado de Juan Pablo II los fieles católicos quedaron desconcertados y escandalizados por numerosas declaraciones papales manifiestamente imprudentes y gestos tales de que la Iglesia nunca ha sido testigo en 2000 años. Para recordar sólo algunos de los ejemplos más conocidos: Las numerosas peticiones de perdón teológicamente discutibles por los presumibles pecados de los católicos de épocas anteriores de la historia de la Iglesia. Por supuesto, el mundo no vio el sin precedente mea culpa del Papa como una manifestación de la humildad de la Iglesia. Por el contrario, como era bastante predecible, se interpretó como la admisión de culpabilidad histórica de la Iglesia en todo tipo de delitos de lesa humanidad. Con la excepción de la aparentemente olvidada disculpa en Dominicae Cenae, sin embargo, no hubo disculpas por el fracaso catastrófico de los miembros vivos de la jerarquía en preservar la fe y la disciplina en medio de un “ proceso continuo de deterioro” y “apostasía silenciosa” .



LAS REUNIONES DE ASÍS DE OCTUBRE 1986 Y ENERO DE 2002

En Asís del año 2002, Juan Pablo II ofreció un lugar en el convento de San Francisco a los practicantes de “las grandes religiones mundiales,” desde el animismo al zoroastrismo, para promulgar sus rituales de culto en ese sagrado santuario católico. En relación al énfasis puesto en” los lugares dispuestos “, declaró el Papa a un conjunto heterogéneo que incluía a los practicantes de vudú:” vamos a orar en diferentes formas, respetando mutuamente las tradiciones religiosas. “[cf. "Discurso de Su Santidad el Papa Juan Pablo II a los representantes de las Religiones del Mundo," 24 de enero de 2002, y lista de participantes, vatican.va]. La inevitable conmoción causada por el caso de Asís, especialmente cuando se filtró a través del prisma de los medios de comunicación seculares, fue que todas las religiones son más o menos agradable a Dios, tesis rechazada enérgicamente como falsa por el Papa Pío XI en su encíclica 1928 Mortalium Animos . ¿Por qué el Papa convocaría a todos los “representantes” en Asís para ofrecer sus “oraciones por la paz”? ¿Se puede honestamente negar que todos los papas preconciliares predecesores habrían condenado estos espectáculos? • El beso del Papa al Corán durante la visita de 1999 a Roma de un grupo de iraquíes cristianos y musulmanes El patriarca de rito caldeo católico de Irak elogió este acto como un “ gesto de respeto ” a una religión cuya esencia es la negación de la Trinidad y la Divinidad de Cristo y que en toda su historia está marcada por la persecución de cristianos, como vemos en este mismo momento en Irak y en las Repúblicas Islámicas del mundo árabe. El sorprendente signo de exclamación del 21 de marzo de 2000 en Tierra Santa: “ Que San Juan Bautista proteja el Islam y todo el pueblo de Jordania.. . “[cf. "Homilía del Papa en Tierra Santa,vatican.va.] ¿Qué explicación puede haber para esta oración sin precedentes pidiendo la protección a una religión en sí misma falsa (sin serlo sus seguidores en cuanto seres humanos) ¡durante un sermón del Papa en Tierra Santa - en el mismo lugar que fue liberado del Islam por la Primera Cruzada? La concesión de cruces pectorales – símbolos de la autoridad episcopal – a George Carey y Rowan Williams. Estos así llamados arzobispos anglicanos de Canterbury, cuyas ordenaciones sacerdotales y episcopales se descartó definitivamente como inválidas por el papa León XIII en 1896 , en Curae Apostolicae, y que ni siquiera se adhieren a las enseñanzas de la Iglesia católica sobre asuntos de moralidad básica arraigada en la ley divina y la + natural. [Cf. John Allen, " Las acciones hablan más fuerte del Papa, " Registro Nacional Católica, 8 de noviembre de 2002] • Participación activa de Juan Pablo Papa en el culto pagano en un “bosque sagrado” en Togo. El propio periódico del Papa informó de cómo a su llegada a este lugar “, un brujo comenzó a invocar a los espíritus:” Poder de agua, te invoco. Antepasados, os invoco”. Después de esta invocación de los “espíritus”, se presentó al Papa “con un recipiente lleno de agua y harina. En primer lugar hizo una leve reverencia y luego dispersó la mezcla en todas direcciones. Por la mañana había realizado la misma acción antes de la Misa. El rito pagano [!] significa que el que recibe el agua, símbolo de la prosperidad, la comparte con sus padres echándola en el suelo”. [L'Osservatore Romano , italiano ed., 11 de agosto de 1985, p. 5]. Poco después de su regreso a Roma, el Papa expresó su satisfacción por su pública participación en la oración y el ritual animista: “La reunión de oración en el santuario del lago Togo fue especialmente impactante. Allí recé por primera vez con animistas. “[ La Croix , 23 de agosto de 1985]. Uno podría pensar que este acción, no sólo sin arrepentimiento sino públicamente alardeada, -debería ser razón suficiente para poner fin a la causa de canonización de Juan Pablo. Porque el Papa reconoció públicamente, que “oró. . . con animistas -. “Y ese tipo de acción formal y la participación directa en el culto pagano – es algo que la Iglesia siempre ha considerado objetivamente gravemente pecaminosa. Como el Catecismo de la Iglesia Católica enseña, la idolatría pagana no se produce sólo cuando el hombre adora a falsos dioses o ídolos, como tales, sino también cuando “honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios, ya se trate de dioses o demonios (por ejemplo, el satanismo ), el poder, el placer, la raza, los ancestros … La idolatría rechaza el único Señorío de Dios, por lo que es incompatible con la comunión con Dios. “[CCC § 2113]. • Pero esto fue sólo el incidente más discutible entre otros muchos similares durante el pontificado de Juan Pablo. Es interesante observar el veredicto póstumo de la Iglesia contra el Papa del siglo I , Liberio, primer obispo de Roma en no ser declarado santo. Liberio había ganado esta dudosa distinción debido a que-en el exilio y bajo una gran presión del emperador aprobó una declaración ambigua doctrinal favorable al arrianismo y luego excomulgó a Atanasio, el campeón de la ortodoxia trinitaria. A pesar de que después de su liberación y regreso a Roma, inmediatamente se retractó de estas acciones lamentables y se confirmó su ortodoxia durante el resto de su pontificado, se le negó la canonización. El servicio “ecuménico” de vísperas en la Basílica de San Pedro, corazón de la Iglesia visible, en el que el Papa accedió a orar junto con “obispos” Luteranos “, incluyendo mujeres, que dicen ser los sucesores de los Apóstoles. Este espectáculo, por supuesto, invitó preguntarse sobre si el Papa estaba socavando su propia enseñanza contra la ordenación de las mujeres. [Cf. Allen, loc. cit.] En suma, por cualquier evaluación objetiva de los hechos, Juan Pablo II presidió y dejó tras de sí una Iglesia que se mantuvo en estado de crisis después de la crisis que estalló inmediatamente después del Concilio Vaticano II. Es cierto que su pontificado incluye decididamente algunos logros positivos, incluida la admirable defensa de la vida humana ante la creciente “ cultura de la muerte ,” la enseñanza valiosa en varias encíclicas sociales de peso, un pronunciamiento infalible contra cualquier posibilidad de la ordenación de las mujeres , y el motu proprio ( Ecclesia Dei ) que por lo menos sienta las bases para la “ liberación” de la misa tradicional en latín por el Papa Benedicto XVI. Tampoco nos referimos al tema de la piedad personal y espíritu de oración que eran evidentes para aquellos que lo conocieron, y que se reconoció al principio de esta Declaración. Sin embargo, difícilmente se puede negar que todos los predecesores de Juan Pablo II se habrían sorprendido y consternado por la desobediencia tristemente generalizada, la disensión doctrinal, la decadencia litúrgica, los escándalos morales, y la disminución de la asistencia a misa que se prolongó hasta el final de su pontificado – problemas agravados por nombramientos episcopales con frecuencia dudosos y por las tan cuestionables palabras papales y los hechos que hemos recordado más arriba. Incluso el reformista Pablo VI, cuyas iniciativas ecuménicas e interreligiosas eran mucho más cautas que las de Juan Pablo II, se habría horrorizado por el estado de la Iglesia al final del largo reinado de Juan Pablo II. Y fue el propio Papa Pablo el que describió la debacle posconciliar ya en desarrollo con algunas de las palabras más impactantes jamás pronunciadas por un Romano Pontífice: Por alguna fisura el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios: hay dudas, incertidumbres, problemas, intranquilidad. La duda ha entrado en nuestras conciencias, y ha entrado por las ventanas que se pretendía haber abierto a la luz . Este estado de incertidumbre reina también en la Iglesia. Se esperaba que después del Concilio habría un día de sol en la historia de la Iglesia. En su lugar, llegó un día de nubes, de tinieblas, de andar a tientas, de incertidumbre. ¿Cómo sucedió esto? Vamos a confiar Nuestros pensamientos: ha habido interferencia de un poder adverso su nombre es el diablo… [Pablo VI, Insegnamenti , Ed. Vaticana, vol. X, 1972, p. 707]



Al igual que Juan Pablo II después de él, sin embargo, PabloVI falló en tomar medidas efectivas para hacer frente a una debacle que el Papa, y sólo el Papa podría haber evitado, o al menos reducido considerablemente. Las devastadoras palabras del Papa Pablo reconociendo los hechos fueron citadas nada menos que por Monseñor Guido Pozzo, secretario de la Pontificia Comisión “Ecclesia Dei”, en su discurso a los sacerdotes europeos de la Fraternidad de San Pedro el 2 de julio de 2010 en Wigratzbad. Como Mons. Pozzo admitió en esa ocasión: “Por desgracia, los efectos que se enumeran por Pablo VI no han desaparecido. Una manera de pensar extraña ha entrado en el mundo católico, provocando confusión, seduciendo a muchas almas, y desorientando a los fieles. Hay un ‘espíritu de auto-demolición “que difunde el modernismo… “La crisis post-conciliar, señaló, implica una” ideología para-conciliar “, que” propone una vez más las ideas del modernismo, condenado en el comienzo del siglo XX por San Pío X “ Pero, ¿quién, si no el último Papa-y el anterior a él- tienen una parcial responsabilidad por la difusión en todo el mundo católico de esta ideología heterodoxa para-conciliar? Ciertamente, Juan Pablo II, al igual que Pablo VI, promulgó una serie de documentos magisteriales con doctrina tradicional contra esta heterodoxia. Pero la cuestión que tenemos ante nosotros es la siguiente: ¿Fue suficientemente fuerte y consistente su testimonio, para que se le pueda calificar como un heroico defensor de la fe ortodoxa y la moral? O más bien, con sus muchas novedades cuestionables de palabra y de obra – junto con sus omisiones y su falta de gobierno eclesiástico – ¿ no han tenido en conjunto el efecto de quitar con la mano izquierda la mayor parte de lo que dio con la derecha?. En este contexto, tomamos nota de la ironía suprema que, si bien una resurgente herejía modernista estaba causando el caos en toda la Iglesia, Juan Pablo II tuvo a bien anunciar personalmente la única excomunión de cinco personas durante sus veintisiete años como Papa: la del fallecido arzobispo Marcel Lefebvre y los cuatro obispos que consagró en 1988, para la Sociedad de San Pío X, cuya finalidad (se esté de acuerdo o no con su enfoque) fue precisamente para oponerse a la “ideología para-conciliar “, de la que habló Monseñor Pozzo , según el programa del santo Papa cuyo nombre lleva su asociación. (Nota: Juan Pablo no anunció personalmente la excomunión de Tissa Balasuriya, a quien que de todos modos le sería levantada la excomunión dentro del año.) Como todo el mundo sabe, a principios de 2009 el Papa Benedicto XVI revocó la excomunión de cuatro obispos de la Sociedad. Desde entonces, se ha observado que “puesto que estos cuatro obispos reconocen la primacía del Papa, jurídicamente tendrían que ser liberados de la excomunión …” [ Luce del Mondo , p. 43] Pero siempre habían reconocido la primacía papal, a diferencia de las legiones de los católicos-laicos, sacerdotes, monjas, teólogos, e incluso algunos obispos que efectivamente se negaron a reconocerla estando en desacuerdo con la mayoría de las enseñanzas básicas del Magisterio, mientras que el Vaticano no hizo nada o casi nada desde hace más de un cuarto de siglo. Así mismo, el desafortunado Pablo VI, en medio del montaje de “auto-demolición” de la Iglesia que él mismo denunció, reservó la más dura sanción a la Sociedad y al Arzobispo Lefebvre, a quien reprendió públicamente por su nombre y luego condenó con la suspensión de la ejercicio de las órdenes sagradas, mientras los rebeldes en teología y liturgia desbastaron la Iglesia impunemente en todo el mundo. Hoy en día muy pocos seriamente proponen la beatificación de Pablo VI, quien lamentó el desastre que él presidió, sin hacer nada al respecto. De hecho, no hubo un proceso de beatificación del Papa Pablo hasta que Juan Pablo lo inició a nivel diocesano en 1993. Nada se ha avanzado desde entonces, después de haber sido detenido en seco por cargos graves quizás no muy diferente de los sugeridos aquí. Y así debemos preguntarnos: ¿Por qué la prisa para beatificar a Juan Pablo II, dado que perseveró inquebrantable en el programa reformista imprudente de su predecesor, añadiendo una larga serie de novedades que ni siquiera el Papa Pablo, de semblante enormemente trágico, se hubiera atrevido a hacer? Por lo menos Pablo tuvo la franqueza de admitir que vio el humo de Satanás entrar en la Iglesia, no una “nueva primavera de vida cristiana como se anunció en el Gran Jubileo, si los cristianos fueran dóciles a la acción del Espíritu Santo” Tertio millennio adveniente (1994), n. 18]. En honor de la verdad hay que ser franco al afirmar la conclusión obvia: Ningún Papa beato en la historia de la Iglesia tiene un legado tan preocupante como el de Juan Pablo II, y tal vez ningún Papa en absoluto, aparte de Pablo VI.

UN MILAGRO DUDOSO

Por último, no podemos dejar de señalar que el único milagro en el que se sustenta la beatificación- la cura reportada de una monja francesa, la hermana Marie Simon-Pierre (ver foto), que se dijo sufría de la enfermedad de Parkinson-es cuestionable. Por un lado, el diagnóstico mismo de Parkinson deja lugar a dudas en ausencia de la prueba definitiva que la ciencia médica admite: la autopsia del cerebro. Hay otras enfermedades sujetas a la remisión espontánea que pueden parecer Parkinson. Por otra parte, el nexo entre la supuesta cura de la monja y una “noche de oraciones a Juan Pablo II” parece dudosa. ¿Las oraciones de esta monja excluyeron la invocación de cualquier a o de todos los santos reconocidos?


Compárese los dos milagros- fue el mismo Juan Pablo, el que redujo la exigencia a uno solamente -que Pío XII consideró suficiente para la beatificación de Pío X. El primero era una monja que tenía cáncer de huesos y fue curada instantáneamente después de que una reliquia de Pío X fuese colocado en el pecho. El segundo implicó a una monja cuyo cáncer desapareció cuando ella tocó una imagen con la reliquia de Pío. Ningún parecido existe entre la supuesta cura en este caso con la supuesta reliquia de Juan Pablo II. No se trata aquí de la autoridad de la enseñanza infalible de la Iglesia, la evaluación de este único milagro es un juicio médico sujeto a la posibilidad de error. Imagínese el daño a la credibilidad de la Iglesia si esta monja con el tiempo sufre un retorno de sus síntomas. De hecho, en marzo del año pasado el diario Rzeczpospolita, uno de los periódicos más respetados de Polonia, informó que se había producido un retorno de los síntomas y que uno de los dos asesores médicos habían expresado dudas sobre el supuesto milagro. Este informe llevó al ex jefe de la Congregación para las Causas de los Santos, Cardenal José Saraiva Martins, a revelar a la prensa que “Podría ser que uno de los dos consultores médicos tal vez tenía algunas dudas. Y esto, por desgracia, se filtró. “Martins reveló además que” las dudas requieren mayor investigación . En tales casos, dijo, la Congregación pediría que entraran más médicos para ofrecer una opinión. “[Nicole Winfield, de Associated Press," Juan Pablo II 'milagro' más controlada, "28 de marzo de 2010] Un médico dudó del milagro, y cuando sus dudas se “filtraron”, de manera inesperada a otros médicos se introdujeron otros médicos y esto hace ¡menos de un año! ¿Realmente estamos ante el mismo tipo de curaciones indubitables reconocidos por Pío XII en la beatificación de Pío X?


CONSECUENCIAS PROBABLES DE ESTA BEATIFICACIÓN

Una vez más, la verdadera pregunta sobre esta beatificación no es si Juan Pablo II fue un hombre bueno o santo, sino más bien lo que significaría su beatificación para las masas que no distinguen entre beatificación y canonización. Esto significaría que la Iglesia tiene como santo, e incluso lo tiene entre los grandes Pontífices romanos, a un Papa cuyo gobierno de la Iglesia no puede resistir la menor comparación con los ejemplos de sus predecesores santos y beatos. Considérese a continuación al penúltimo de los Romanos Pontífices santos: San Pío V, un modelo de fortaleza en su reforma del clero, de acuerdo con los decretos del Concilio de Trento, por sus medidas severas contra la propagación del error en la Iglesia, y por su defensa de toda la cristiandad contra la amenaza del Islam ¡por quien Juan Pablo II imploró a San Juan Bautista su protección! Téngase en cuenta también al último Papa elevado a los altares: San Pío X, también recordado por su valiente gobierno de la Iglesia en la represión de la herejía modernista que, precisamente, estalló de nuevo después del Vaticano II, extendiéndose por todo el mundo católico durante el pontificado de Juan Pablo, como Monseñor Pozzo tan cándidamente observó hace tan sólo unos meses (pero sin que pareciera pensar que en ello tuviera responsabilidad el jefe de la Iglesia en esta catástrofe). ¿Podría esta beatificación, por lo tanto, incurrir en el riesgo de reducir la beatificación y canonización, al nivel de una muestra de la estima popular otorgada a una figura muy querida en la Iglesia, una especie de premio de la Academia eclesiástica? Aquí observamos que, en una de sus muchas innovaciones, Juan Pablo “racionalizó ” el proceso para la beatificación y canonización, lo que le permitió llevar a cabo el increíble número de 1.338 beatificaciones y 482 canonizaciones -más que todos sus predecesores juntos-. ¿Es prudente que el mismo Papa que puso en funcionamiento esta “fábrica de santos” (cosa que levantó desprecios en la prensa) pueda ser juzgados de acuerdo con sus relajadas normas? También debemos expresar nuestra profunda preocupación por la explotación previsible de esta beatificación por las fuerzas astutas de la opinión mundial. Nos damos cuenta de que estamos observando un curioso silencio aunque se podría esperar una oposición clamorosa si esta beatificación realmente representara una ofensa al prevalente espíritu de la época liberal, mientras que la propuesta de beatificación de Pío XII se ha topado con una implacable campaña de publicidad para pararla a toda costa. Al parecer, la opinión pública mundial mira la beatificación de Juan Pablo II con buenos ojos como una medida que serviría para validar las “reformas del Concilio Vaticano II” que el mundo ha aclamado como una tardía acomodación de una Iglesia retrógrada con el “mundo moderno” de “ libertad” y “ derechos humanos” . Sin embargo, podemos estar seguros, en caso de que la beatificación proceda según lo previsto, que los sectores poderosos de los medios de comunicación no perderán un momento en celebrarla como ejemplo de la hipocresía de la Iglesia, su ineptitud y amiguismo en honrar al Papa que presidió el escándalo de la pedofilia y se negó a juzgar y sancionar al fundador de los Legionarios de Cristo. Sobre este último tema ya hay una exposición de libros y del cine: “Votos de Silencio: El abuso de poder en el papado de Juan Pablo II”, que documenta cómo Maciel fue protegido por los asesores clave del Papa, entre ellos el Cardenal Sodano, el Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Martínez, Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y el cardenal Dziwisz, actual arzobispo de Cracovia, que fue secretario de Juan Pablo II y confidente más cercano.


CONCLUSIÓN

En medio de lo que la Hermana Lucía de Fátima, ha llamado con razón “desorientación diabólica” en la Iglesia estamos especialmente conscientes de que la beatificación no tiene en absoluto el carisma de la infalibilidad. No establece un culto obligatorio sino simplemente permiso para venerar al Beato si se quiere. En este caso, por lo tanto, nos enfrentamos a la posibilidad real de un grave error en el juicio prudencial provocada por circunstancias contingentes, incluyendo la popularidad y el cariño, que no debería influir en el proceso esencial de la investigación cuidadosa y la deliberación sobre todo en el caso de esta beatificación, con todas sus implicaciones para la Iglesia universal. Una vez más nos preguntamos: ¿Por qué la prisa? ¿Hay tal vez un temor de que a menos que el acto se lleva a cabo de inmediato el veredicto más maduro de la historia podría impedir la beatificación, como seguramente lo hizo en el caso de Pablo VI? Si es así, ¿por qué no dejar que el veredicto se haga en consonancia con la visión de largo plazo que la Iglesia siempre ha considerado en el asunto de las beatificaciones y canonizaciones? Si incluso un gigante como San Pío V no fue canonizado hasta 140 años después de su muerte, no podemos esperar al menos unos cuantos años más a fin de evaluar el legado pontificio más prominente en la decisión de beatificar a Juan Pablo II? ¿la Iglesia no puede esperar hasta los 37 años transcurridos entre la muerte de Pío X y la beatificación de Pío XII en 1951 (seguido por la canonización de 1954)? ¿De hecho, es prudente beatificar ahora -sin una nueva evaluación sobre la base de un milagro único cuya autenticidad está en duda- a un Papa cuyo legado está sin duda marcado por la expansión desenfrenada del mal contra el que San Pío X luchó y derrotó heroicamente en su tiempo? Por todas estas razones, creemos que es justo y apropiado implorar del Santo Padre el aplazamiento de la beatificación de Juan Pablo II hasta un tiempo en que los motivos de este acto solemne se puedan evaluar de manera objetiva y desapasionada a la luz de la historia. El bien de la Iglesia sólo puede ser servido por un retraso prudente, mientras que se puede poner en peligro, por un proceso apresurado, no protegido del error, por el carisma de magisterio infalible de la Iglesia.

Nuestra Señora, Reina de la Sabiduría, Virgo Prudentissima, ruega por nosotros!

Tomado de Panorama Católico


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